domingo, 29 de octubre de 2017

El complejo tema de la identidad en una pregunta censal

En el reciente y cuestionado censo, la pregunta sobre autodefinición étnica ha generado confusiones, quizás porque no se ha explicado bien lo que esto significa, haciendo que muchos la entiendan como "raza" y otros como preferencia cultural o algo por el estilo
Empecemos aclarando que autoidentificación étnica no significa que cada uno decida identificarse como le de la gana, más bien es reconocer nuestra pertenencia étnica.
Se puede hacer un parangón con eso de la “conciencia de clase”. En este caso se trata de reconocer la clase en la que estamos, si somos ricos o pobres (o los matices que haya), para saber qué rol cumplimos dentro del sistema de explotación y cómo enfrentar dicho sistema. En el tema étnico es similar, se trata de reconocer de cual etnia o pertenencia cultural somos parte, para saber qué rol cumplimos dentro de un sistema de discriminación y cómo enfrentar dicho sistema.
Reconocer que somos parte de una cultura oprimida es el primer paso para enfrentar esa opresión, también nos ayudará a sentirnos parte de un colectivo, que no estamos solos. Esto nos ayudará a valorar lo nuestro, y exigir que los demás nos valoren.
Aunque términos como indio, negro, cholo, tienen un contenido peyorativo, autousarlos también es una forma de reconocer que padecemos la discriminación, pero que somos diferentes a la cultura dominante y por lo tanto tenemos nuestra propia cultura. Eso hizo Victoria Santa Cruz cuando declamaba “negra soy”, o los indianistas bolivianos que se reconocen indios más que indígenas u originarios. Cholo era muy usado como insulto pero hoy también lo es como un tipo de identidad surgida del “mestizaje”. Es cierto que la palabra indio vino de una confusión histórica y por eso hoy la mayoría prefiere usar indígena, que también tenía una carga peyorativa pero ahora tiene más de reivindicativo. También se comprende el rechazar la palabra negro por su carga racial, moreno sería el equivalente coloquial y afrodescendiente el más elaborado.
Hay una tendencia por suavizar las palabras, afro en vez de negro, mestizo en vez de cholo, originario en vez de indígena. Esta es una forma de ocultar la discriminación, de sentir que nos afectará menos, y es comprensible ante la brutalidad del racismo existente; pero coger la misma palabra peyorativa y darle un nuevo sentido es un triunfo simbólico. Es convertir el “látigo con que nos azotan” en nuestra propia arma de defensa (como dice Hugo Blanco en “Nosotros los indios”).
Esto se aplica a todos. El chino, el nikei, el criollo, el “misti” (blanco decía la cédula). En los últimos casos, es importante reconocernos como parte de una cultura que oprime y discrimina a las demás, no para cargarnos la culpa del racismo sino para saber cuál es nuestro rol en la lucha contra esos prejuicios.
Muchos blanquiñosos se identifican mestizos para no cargar con esa culpa, con ese estigma. Esto es como cuando el indio dice ser mestizo, ambos están negando una realidad. La negación es un impedimento para cambiar dicha realidad.
También se ha dado el caso de quienes han decidido identificarse como negros, quechuas, amazónicos, aymaras… como una forma de darle más presencia a estas poblaciones. Esta actitud altruista es claramente colonial. Yo digo ser indígena porque temo que los indígenas no se autoidentifiquen como tales y esto repercuta en su contra, lo hago porque en el fondo pienso que no sabrán responder correctamente. Es una lucha altruista por los otros, tipo superhéroe que salva a los desvalidos.
Pero no, los indígenas no son desvalidos ni ignorantes, ellos respondieron esta pregunta como sintieron que les sería más conveniente. Esto no hace peligrar la aplicación de la Consulta como algunos piensan, pues los derechos reconocidos por la 169 se aplican colectivamente, es decir que aunque muchos digan ser “indígenas urbanos”, no se les aplica la consulta previa a menos que mantengan sus organizaciones tradicionales o el vínculo con las mismas. Y por otra parte, para que se le niegue este u otros derechos a una comunidad determinada, tendrían que haber negado ser indígenas todos los miembros de dicha comunidad. Vemos que ese argumento altruista se cae por sí sólo, descubriendo su esqueleto colonial y racista.
El tema es pues reconocer la realidad, no maquillarla.

PD: Yo finalmente respondí quechua, porque entre las opciones existentes era la más cercana a mi procedencia, mis costumbres y cosmovisión. Pude pedir que me pusieran cholo que era mi segunda opción, pero quedó en eso, en segunda. También pude complicar a la censadora y pedir que me pusieran algo como inca o mitma, mis ancestros culturales remotos, pero no vale jugar con el tiempo de otros.

Roberto Ojeda Escalante

lunes, 23 de octubre de 2017

Las cusqueñas olvidadas

Trinidad Enríquez 
Un recorrido por la ciudad del Cusco nos muestra plazas, calles y monumentos que nos recuerdan mucho, pero que otro tanto olvidan.
Pachakuteq, Wayna Qhapaq y todos los inkas están presentes en libros, videos turisteros, calles y avenidas. Pero no así las qoyas, sus compañeras. Apenas el nombre de Anawarqe ha sobrevivido en el cerro ubicado frente al doble monumento a su esposo. En ninguna parte hallamos a Mama Oqllo, la esposa de Tupa Yupanki que en el pasado tenía edificadas varias wakas en su memoria por todo el Cusco. Y de los fundadores de la ciudad, los hermanos Ayar, hay múltiples menciones y versiones, que ignoran a quien lideró la fundación: Mama Waqo, que según las versiones más detalladas de los cronistas, fue quien llevaba las dos varas que marcaron el lugar de la fundación.
Pocos recuerdos quedan de las cusqueñas de la colonia, alguna vez vi una estatua de Kura Oqllo pero hoy no figura ni en la pintura que incluye a su esposo Manqo Inka en Avenida el Sol, cuando bien sabemos que sin ella, el liderazgo de aquel hubiera sido incompleto. El cusqueño y la cusqueña contemporáneos, ignoran a las sacerdotisas andinas reprimidas por la iglesia. Las mujeres artesanas, comerciantes, mitanis o nobles sólo aparecen en algunas tradiciones de Carreño o algunos cuadros como el de Beatriz Coya.
Micaela Bastidas y Tomasa Ttito sí ostentan calles, libros, monumentos; aunque se las presenta como subalternas de Tupa Amaru solamente. Mica fue codirigente de la revolución y de sus ejércitos. Y hay olvido con la madre heroica Marcela Castro, que codirigió la última batalla de 1783, como también lo hay con Juana Noin o Dorotea Huaraya, y su activa participación en la única junta de gobierno que tuvo el Perú, en el Cusco de 1814.
El Mariscal Gamarra brinda su nombre a colegios, calles y una enorme urbanización, pero la Mariscala apenas si es recordada. Francisca Zubiaga, esposa de Gamarra y colideresa de sus tropas y guerras, que no fue una simple “rabona”, como probablemente tampoco lo eran las muchas rabonas que participaron de los agitados combates del XIX.
Un colegio y algún parque inmortalizan a Clorinda Matto de Turner. Esta valiosa mujer no actuó sola, era parte de un grupo de mujeres que tras el ejemplo de Flora Tristán y las ideologías modernas, ocuparon un sitial reservado sólo para varones. Partiendo de la educación, única profesión que la república permitía a las mujeres, pasaron al periodismo, la literatura y el sindicalismo en la segunda mitad del XIX. Trinidad Enríquez organizó la Sociedad de Artesanos y estudió derecho aunque eso no hacían las mujeres, siendo la primera universitaria del continente. Su hermana Ángela Enríquez dirigía veladas culturales que fueron el cimiento del indigenismo. Pocos recuerdan que la iglesia quemó las obras y la efigie de Clorinda, por atreverse a publicar reflexiones críticas.
Ángel Avendaño menciona que en la revolución del 3 de abril de 1895, mientras las tropas eran dirigidas por bravos caudillos civiles (Salas, Baca), las masas urbanas fueron lideradas por la chichera Ulaca. Su fuente es una parte de la memoria oral hoy ya extinta. Esa misma fuente proporciona nombres a Uriel García, cuando menciona algunas lideresas populares y su participación en el Corpus Christi.
Valcárcel recuerda los nombres de las 3 primeras universitarias, que luego se casaron con destacados intelectuales indigenistas, no menciona que escribieron sobre feminismo y algunas se dedicaron a la enseñanza. Y mientras Uriel García y otros indigenistas del siglo XX tienen placas recordatorias, colegios, exposiciones; sólo buscando en libros antiguos  hallamos a Elsa Esther María Castro dirigiendo publicaciones, y Martha Alicia Yépez organizando el comité feminista de la UNSAAC en 1920. Luego, esa pléyade de feministas, comunistas e indigenistas como Rosa Rivero (la primera abogada del país), Laura Caller, las hermanas Bocángel y otras.
¿Y las mujeres del pueblo?, apenas si conocemos los nombres de algunos personajes masculinos, menos sabemos de mujeres como la esposa de Miguel Quispe “el Inca”, que compartía algo de su liderazgo.
Y así llegamos a los tiempos contemporáneos, los libros mencionan y antologan algunas escritoras y periodistas, junto a docenas de varones aparece por ahí una Alfonsina Barrionuevo, una Ana Bertha Vizcarra o más recientemente Karina Pacheco. Los libros y la prensa plagados de varones destacados ignoran muchos personajes femeninos, por poner sólo un ejemplo recurriré a mi familia mencionando a las hermanas Escalante: Emperatriz (escritora), María Olinda (filósofa ya fallecida) y Carmen (la más prestigiosa etnógrafa mujer del país).
Entre las víctimas de la guerra interna y las represiones de turno, reconocemos muchas como las que padecieron las esterilizaciones forzadas. Una dirigente que llegó a ser congresista fue Hilaria Supa, que para la mayoría se hizo visible recién en el congreso, como también se hizo visible Vero Mendoza. Pero entre las “invisibles” están las que impulsan y le dan fuerza a las luchas antimineras o las profesoras que no dirigieron la última huelga, pero fueron la base creativa y consecuente.

Para contrarrestar esa invisibilización necesitamos liberar nuestra memoria histórica del machismo aún imperante. Luego de recorrer la ciudad observo los cerros que la rodean, Mama Simona y Anawarqe nos recuerdan que en el territorio de los apus eso no pasa. Paseo por el Corpus, Santa Bárbara y la Virgen de Belén evidencian que en su territorio tampoco. 

lunes, 17 de julio de 2017

Miseria del academicismo

Conversando sobre algunas investigaciones históricas, volví a escuchar un comentario que ya he oído varias veces y en distintas circunstancias: “¿y dónde están esas investigaciones que nadie las conoce?”. Y sí pues, gran parte de libros, tesis y revistas especializadas, sólo son distribuidos y leídos en ámbitos especializados.
En la segunda mitad del siglo XX, el capitalismo logró desvincular a los intelectuales de los sectores sociales sobre los que recaía su reflexión intelectual. Tal como lo previera Huxley en “Un mundo feliz”, el mundo académico se ha convertido en esa isla que imaginara el escritor, en la que todos sus habitantes tenían la libertad de opinar y hacer lo que quisieran, siempre y cuando eso no alterase el mundo externo.
El academicismo hace que se produzcan investigaciones, debates y publicaciones; que circulan sólo por el circuito académico. Unos a otros se citan, aplauden o refutan. Tan preocupados por la rigurosidad, tan abstraídos en sus metodologías y sistematizaciones, ignoran que en la sociedad otros son los que influyen en la opinión pública, sin mucha metodología y con casi nula rigurosidad.
Los profesionales se especializan cada vez más en cada vez menos cosas, llegan a ser tan expertos en un tema que ignoran grandemente los otros temas. ¿Cuántas veces no hemos oído a alguien decir “de eso no puedo hablar porque no es mi tema”? La realidad exige análisis integrales y multidisciplinarios, pero la academia inculca especialización. Y para especializarse más se tiene que estudiar maestrías y doctorados, elaborar tesis ampulosas para demostrar que uno sabe investigar, aunque el producto resultante sea de lectura tan pesada que no lo lean más que los dictaminantes.
Luego viene ese afán de ser originales, de formular hipótesis innovadoras que por eso mismo, siempre tienen algo de especulación. Cada cierto tiempo una nueva teoría desplaza a teorías anteriores. Se repite que el conocimiento es infinito, que “es muy difícil llegar a comprender lo complejo de este tema”. Esto en realidad no es cierto. Hay cosas que ya se saben hace siglos pero la ciencia moderna no toma en cuenta estos saberes porque no siguieron el método científico.
El resultado es que, por ejemplo, mientras los académicos debaten sobre la historia, cualquier especulador está difundiendo teorías de anunakis o similares sin ninguna evidencia como base, pero que se difunde gracias a que la mayoría del público ignora los avances de la historiografía. Los grupos de poder difunden fácilmente sus ideas, puesto que las mentes lúcidas y críticas están arrinconadas en esa “isla académica”.
Por otra parte, las exigencias académicas hacen que esas mentes terminen encadenándose a sus laboratorios y escritorios, reduciendo su posibilidad de vincularse con su entorno social, haciendo que sus mentes sigan siendo lúcidas pero cada vez más ignorantes de otros aspectos de la realidad. Hay personas que le dedican prácticamente toda su vida a un tema de investigación, pensando que su esfuerzo contribuirá a llenar un ladrillo del muro del conocimiento universal. Pero esto es una ilusión, pues ese muro es utilizado arbitrariamente por los poderosos de turno, no es universal sino unidireccional, alguien lo administra según sus necesidades. Mientras tanto, el conocimiento que miles de pueblos han producido durante miles de años se vuelve objeto de estudio, folklor o se deshecha de los espacios de transmisión del conocimiento, es decir de la escuela y los medios de comunicación.
Liberar el conocimiento es lo único que podría rescatarnos de esa isla y ese muro. Olvidarnos de títulos, eventos internacionales y ser citados. Un aporte que no contribuye socialmente no tiene sentido. Por algo muchos de los intelectuales más admirados de la historia fueron autodidactas, pues lo importante no está en sus méritos académicos, sino en la utilidad de sus propuestas. En muchos casos influye tanto o más la sencillez de su lenguaje. Claro que esto no traerá la vida cómoda que brinda el éxito académico, Gramsci pasó preso casi hasta su muerte porque sus escritos se enfrentaban al poder, ese es el riesgo que corre un intelectual, pero la vida está hecha de riesgos.

Además, hay que reintegrarnos a la diversidad cultural que produce conocimiento de múltiples formas, en la que hallaremos muchos especuladores, pero también muchas más mentes lúcidas y críticas, algunas más lúcidas que nosotros. Nuestro conocimiento puede ayudar a fortalecer los distintos saberes existentes, ya que nosotros conocemos la forma en que se desarrolla el “mercado del conocimiento” y podemos burlarlo. Por ejemplo, las comunidades andinas tienen saberes que pueden enfrentar el cambio climático, los intelectuales urbanos conocen la forma en que se reproduce el sistema que ha generado ese cambio. Ambos pueden complementarse, el éxito esperado no será una medalla o un diploma, sino la salvación de múltiples formas de vida.

Roberto Ojeda Escalante

lunes, 1 de mayo de 2017

El rol de Mariátegui en la derrota del proletariado

Es una paradoja que el 1 de mayo homenajeen a Mariátegui, siendo que este tuvo un rol negativo en la derrota del proletariado en los años 20. Es necesario reconocer en José Carlos Mariátegui grandes aciertos, pero como era humano también tuvo errores, y curiosamente son precisamente sus errores los que fundamentan los grandes mitos de la izquierda peruana. Una izquierda que escogió su origen en la fundación de la CGTP, borrando todo la historia de luchas anteriores y escogiendo como héroe fundamental a Mariátegui, aunque luego siguieron muy poco sus postulados.

El movimiento proletario que la izquierda peruana olvida

A fines del siglo XIX había decaído la vieja organización gremial, que agrupaba a los trabajadores por oficios[1], y estos, empezaron a organizar nuevas asociaciones[2]. La ideología predominante había sido el liberalismo, que postulaba los derechos de todos los ciudadanos, pero a raíz del triunfo de la rebelión liberal en 1895, se instauró un régimen oligárquico que benefició a los grandes terratenientes y empresarios. El Perú vivió uno de sus más largos periodos democráticos, con sucesiones presidenciales en elecciones libres y masivas (en las que no votaban las mujeres ni los indígenas). Los obreros y artesanos no encontraron apoyo en esos gobiernos y el liberalismo dejó de ser visto como aliado, entonces se acercaron a las ideas anarquistas que algunos venían difundiendo.
El prestigio y el verbo potente de Manuel Gonzales Prada entusiasmaron a jóvenes trabajadores y estudiantes para asumir el anarcosindicalismo como base ideológica de sus organizaciones. En 1905 la Federación de Panaderos se declaró anarquista y el 1 de mayo convocaron a luchar por la jornada de 8 horas. La situación era clara: la democracia liberal favorecía a industriales y propietarios, sin dejar opciones al proletariado, que sólo tenía el camino de organizarse y luchar por sus derechos. Las asociaciones y federaciones que se iban fundando por todo el país, también editaron su propia prensa y organizaron centros sociales y culturales, así como organizaciones de mujeres que difundían el feminismo.
Esos años, se usaba el término proletario para referirse tanto al trabajador asalariado dependiente de un patrón, como al trabajador independiente como los artesanos, que además eran la mayoría de la PEA urbana. Las protestas rurales y el trabajo de indigenistas como la Asociación Pro Indígena, llevaron a los anarcosindicalistas a vincularse al mundo indígena, que era la mayoría de la población peruana. En 1913 las federaciones y sindicatos se agruparon en la Federación Obrera Regional Peruana (FORP), ese año el gobierno de Guillermo Billingursht reconoció los derechos a sindicalizarse y a la huelga, pero fue derrocado por un golpe militar al año siguiente. El camino legal volvía a esfumarse.

Leguía, Mariátegui, Haya y el anarcosindicalismo 

En 1917, la noticia de la revolución rusa impactó en todo el mundo, se abría la posibilidad de que el pueblo llegara a tomar el gobierno y cambiar las estructuras de la nación. Cada quien asumió esto a su modo, la FORP dirigió la lucha hasta obtener la jornada de las 8 horas en 1919. A pesar de las advertencias de Prada para no confiar en los socialistas, los dirigentes obreros no tuvieron temor en coincidir con estos en sus luchas, los marxistas eran tan pocos que los anarcos no los veían como competencia. Y fueron amigos y “discípulos” de Prada los que iniciaron la labor de difusión del marxismo en Lima: Mariátegui, Falcón, Haya.
De los tres, Víctor Raúl Haya de la Torre era el menos cercano a Prada pero se amparó en la imagen del “maestro” para acrecentar su liderazgo, logrando una unión entre proletarios y universitarios. José Carlos Mariátegui, César Falcón y otros organizaron el primer núcleo socialista en 1918, organizado como una vanguardia para influir a las organizaciones populares y construir un partido marxista que “politizara” al proletariado peruano. En 1919, el nuevo presidente Augusto B. Leguía ofreció reformas y respaldó la creación de organizaciones, en un intento por cooptar los movimientos sociales. Captó a varios activistas y a otros les ofreció distintas cosas, como un viaje a Europa para Mariátegui y Falcón, ofrecimiento que aceptaron más por presión que por decisión propia.
La “patria nueva” de Leguía ofrecía reconocer ciudadanía a los sectores populares, pero la estructura económica se afianzaba en su dependencia al capitalismo internacional, pasando de la hegemonía británica a la norteamericana. Sus proyectos modernizadores como construcción de carreteras, se hicieron a costa del trabajo forzado de los indígenas, generando más rebeliones. La FORP continuó su actividad centrada en la autonomía con respecto al estado, los líderes indígenas anarquistas abandonaron las instituciones creadas por el Estado y formaron una federación indígena, pero el clientelismo estatal los había debilitado.
En 1921, Haya creó la Universidad Popular Gonzales Prada (UPGP) donde los universitarios adoctrinaban en el socialismo a los obreros. Cuando Haya fue deportado por Leguía la conducción de la UPGP quedó en manos de Mariátegui, que acababa de volver de Europa. Este se sumó a la prensa de la FOL (ex FORP), en la que introdujo planteamientos marxistas iniciando una larga rivalidad con Delfín Lévano, panadero e importante dirigente anarquista. Lo que vino después fue un crecimiento de la represión estatal a las organizaciones populares, debilitadas a su vez por la pugna interna creada por los marxistas. La UPGP fue cerrada, la policía interrumpió el congreso de la FOL y apresó a muchos dirigentes (1927). Mariátegui aprovechó esta coyuntura para organizar la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) en 1929.
Mariátegui supo atraer a muchos intelectuales a su revista Amauta (1926-1930), con un discurso plural que le permitió agrupar a la intelectualidad peruana, acrecentando su leyenda. Bajo la consigna “somos demasiado pocos para dividirnos”, predicó un marxismo que recogía las peculiaridades de la sociedad peruana, atrayendo a los indigenistas, y mantuvo autonomía  frente a Rusia, atrayendo a los anarquistas. Mientras tanto, Haya convocó a sectores liberales y nacionalistas, fundando en el destierro (en México) el partido APRA (1927). Mariátegui fundó el Partido Socialista (1928) y tuvo dificultades para integrar a los núcleos marxistas de Cusco y Arequipa, que se inspiraban en el comunismo ruso (leninismo) y criticaban incluso la pluralidad de Mariátegui.[3] Las “células” comunistas se consideraron la vanguardia que iluminaría al proletariado y liberaría también al campesinado, siguiendo la doctrina marxista-leninista.

El proletariado después de Mariátegui

Mariátegui murió en 1930, su partido fue renombrado Partido Comunista y asumió dogmáticamente los dictados del PC ruso, descartando la idea de su antecesor, esa de que “el socialismo peruano no puede ser calco ni copia”. El PC borró la historia previa de la memoria de las luchas sociales, tomándola como simple antecedente,  y priorizó la lucha de clases, subalterniando al feminismo y al indigenismo. El anarquismo quedó en grupos reducidos, el discurso nacionalista del Apra tuvo más presencia en los sindicatos y lideró rebeliones, fundando la Central de Trabajadores del Perú en 1944, pero en los años 50 el Apra viró a la derecha, provocando deserción en sus filas y el fortalecimiento del PC y su CGTP.
Al proletariado le costó caro asumir el marxismo, pues perdió la autonomía de sus organizaciones y los sindicatos quedaron centralizados y manejados por el Apra y el PC. Estos partidos ayudaron a aceptar la idea de la modernización del país, pues para llegar al socialismo había que desarrollar primero el capitalismo. El país se industrializaba y los artesanos se reducían en número, convirtiendo a los obreros de  Construcción Civil como el gremio más fuerte. A diferencia de los artesanos que se familiarizaban más con tendencias autonomistas, los obreros se sentían más cómodos en una organización centralizada y vertical, su modo de vida también influyó en su adhesión ideológica.
En los años 60 el PC llevó a la práctica una idea de Mariátegui, aunque en sentido inverso, contrariamente a eso de “somos demasiado pocos para dividirnos”, como ya se vieron siendo muchos, se dividieron en varias facciones.  El marxismo en sus múltiples versiones se convirtió en la única forma de pensamiento crítico en el país, lo que no resultaba siendo muy crítico. A pesar de eso, las grandes luchas de esos años no fueron lideradas por el PC sino por grupos marxistas divergentes como el troskismo (rebelión campesina de La Convención), y fue un militar (Velasco Alvarado) quien protagonizó el único gobierno izquierdista del siglo XX (1969-1975).
En 1980 el partido maoísta Sendero Luminoso intentó implementar su revolución a la fuerza, reprimiendo campesinos, sindicatos, y a cualquiera que lo criticase, hasta la captura de su líder en 1992. El gobierno de Fujimori aprovechó la caída del marximo mundial y el desgaste de la izquierda local para instaurar un régimen corrupto, neoliberal, autoritario y clientelista, que se mantiene con matices en todos los gobiernos democráticos posteriores.
Hoy, el proletariado ha sido desplazado por el precariado[4] como mayoría; los indígenas han protagonizado nuevas rebeliones y las nuevas vanguardias juveniles tienen poco de marxistas, poco de políticas y más de culturales. Hoy, Mariátegui es un ídolo de la izquierda nostálgica, que se niega a reflexionar sobre su historia, sus orígenes, aciertos, errores y fracasos; pretendiendo reconstruir la hegemonía que tuvo en algún momento.

Roberto Ojeda Escalante




[1] Los gremios eran instituciones coloniales, para los trabajadores de oficios manuales, considerados “deshonrosos” al menos hasta 1783.
[2] Algunos ejemplos son la Asociación de Artesanos fundada por Trinidad Enríquez en Cusco (1872) y la Federación de Panaderos “Estrella del Perú” organizada por Manuel Lévano en Lima (1886)
[3] El grupo Ande de Cusco organizó la primera célula comunista a la que no invitó a marxistas vinculados a indigenistas y anarquistas.
[4] Concepto que describe a los trabajadores precarios, que no tienen estabilidad laboral y cuyas economías se adaptan a lo que encuentran, sea el comercio, los servicios independientes (sean técnicos o profesionales) y la sobrevivencia.  

miércoles, 19 de abril de 2017

Latinoamérica es una creación colonial



Hemos crecido pensando que somos parte de una gran nación dividida en muchas repúblicas por la mezquindad de sus dirigentes. “La patria grande” que los izquierdistas intentaron construir, el mundo “latino” que los derechistas nos hacen aceptar; parten de un pensamiento pannacionalista similar al “mundo árabe” o la “gran Rusia". Si esta última apela a reunificar todos los países que fueron parte de la URSS (y  de los dominios del Zar), y el mundo árabe es directo descendiente de los sucesivos califatos; En el caso latinoamericano, ¿cuál es el origen simbólico de la idea de esta “patria grande”?, pues el imperio colonial español.
En la segunda mitad del siglo XVI, la corona española había logrado construir el más extenso imperio de su época, constituido por sus dominios coloniales. Si bien estaban divididos en virreinatos y capitanías, el sentido identitario era uno sólo, la madre patria era España y españoles eran todos sus súbditos. Todos hablaban castellano y debían tener el catolicismo como única religión. Claro que había el problema de las muchas etnias indígenas del territorio, a quienes los españoles veían como bárbaros a los que había que civilizar, así como los romanos vieron a su vez a sus conquistados.
El siglo XVII el imperio se consolida anexando Portugal y todos sus dominios, aunque esta “unión” no sobrevivió al siglo, quedó la unidad cultural de ambas “naciones” como defensores del catolicismo ante el crecimiento protestante europeo. Si en Europa se veían como defensores, en América lo hacían como difusores de esa fe amenazada por la “herejía”. Pero esa no fue la única diferencia, los peninsulares tenían un estatus diferenciado al de los territorios coloniales, había españoles y españoles americanos. Y así, poco a poco fueron gestándose corrientes que esperaban regular o reinvertir esa situación. La expulsión de los jesuitas también fue motivada por el temor del Rey al poder que esa orden religiosa había adquirido en América.
La independencia de Latinoamérica fue facilitada por el debilitamiento del poder español en Europa, así como el crecimiento de Inglaterra, que en el siglo XIX contaría con el mayor imperio colonial. La Constitución de Cádiz intentó borrar las diferencias península-ultramar, pero ya era tarde, los españoles americanos se sumaron a la rebelión y se declararon independientes de España. El imperio quedó fragmentado, pero no se perdió la idea de reunificación. El propio Bolívar intentó construir una gran nación, dando origen a esa idea de la “patria grande”. Las élites criollas se encargaron de controlar las rebeliones indígenas y negras, pues aunque estas les habían ayudado a derrotar al ejército español, no iban a tolerar que la revolución política se convirtiera en revolución social.
Entonces surgió la denominación de “América Latina” y su diferenciación con “Angloamérica”. Si revisamos los mapas, queda claro que América Latina se corresponde con el imperio colonial del siglo XVII. No incluye las Guyanas pero sí todo el caribe y Belice (país de habla inglesa). La característica cultural que une a todos estos países es la tradición católica, el idioma mayoritario es el castellano y las poblaciones se consideran “mestizos”, como decía Bolívar, “no somos españoles, no somos indios”. Esa idea del mestizaje pretende borrar las diferencias étnicas y culturales, silenciando la discriminación y marginación a las poblaciones “no latinas”, prolongando la dominación sobre las poblaciones originarias y minorías étnicas.
Esa idea de una gran nación (la madre patria) es un nacionalismo en términos macros, pero subalternos. El ciudadano latino piensa en el mundo en dos términos: Europa y Norteamérica frente a Latinoamérica. Sus referentes son sólo esos, lo nuestro es lo latino y lo ajeno lo del norte, ignorando que existen otros “mundos” en el planeta. Lo que un latino sabe de los árabes, africanos, hindús, surasiáticos, chinos, es a través de Europa y Norteamérica. Por eso los despistados conservadores locales apelan a la “hispanidad” oponiéndola al indigenismo, su mirada no alcanza a ver más allá de sus parámetros subalternos.
Esa idea de la gran nación es la principal reminiscencia de la mentalidad colonial, no podemos descolonizarnos si pretendemos hacerlo desde patrones coloniales. Como bien decía Gonzales Prada hace cien años, pensemos en el mundo como pueblos y no como naciones, pensemos que nuestra única patria grande es el planeta todo, y tengamos por identidad colectiva la de nuestra localidad y región como base, reconociendo que cada cultura, cada comunidad, es igual de valiosa como la nuestra.

Roberto Ojeda Escalante